Las estaciones se convierten para cada uno de nosotros en umbrales del tiempo, en épocas especiales y llenas de recuerdos, de añoranzas y de imágenes que quedaron grabadas en nuestras retinas.
Quizás, junto al otoño, con sus matices cálidos y entrañables, el invierno nos acentúe sentimientos intimistas, abrigamos nuestro frío entre calidos guisos, confortables ropajes y notamos, de manera muy especial, nuestro calor interior, ese calor que emana de nuestro corazón y que nos proporciona un confort muy personal.
Al llegar el frío, al extender sus brazos el duro invierno e intentar abrazarnos con su gélido contacto, pretendiendo mitigar nuestros ánimos, sembrando de pereza y apatía nuestras vidas, tendremos que transformar esos intentos y cobijarnos con nuestro mejor abrigo, disfrutar de su compañía, de ese regalo que el invierno nos hace cada año, el tiempo, ese tesoro valiosos y único del que, en muchas ocasiones, no podemos disponer.
Al llegar el frío el tiempo parece dilatar su medida, el reloj ensancha su esfera y prorroga su avance, al consultar la hora nos sorprende el desfase existente entre nuestro reloj biológico y el real, el tiempo parece frenar su avance y normalmente la noche nos agasaja con esos instantes.
Existen muchas personas para las que el frío supone una amenaza, un peligro inminente y una preocupación, personas que no disponen de un hogar, de un cobijo donde resguardarse de su paso despiadado e implacable, personas que junto con sus propias historias y recuerdos deambulan de acá para allá sin rumbo fijo. Esta cruda realidad nos debería hacer reflexionar sobre lo afortunados que somos al disponer, sin valorarlo la mayor parte de las veces, de un tesoro incalculable, de un hogar, de un lugar en donde resguardarnos y aislarnos de las inclemencias de su paso, un pequeño universo que acondicionamos a nuestro gusto, a nuestra conveniencia y en el que nos sentimos protegidos y fuertes, una fortaleza necesaria en la que tomar aliento y sentirnos reconfortados de todo aquello que nos acecha, el frío, las prisas, el estrés, la competencia, las envidias, factores que van mermando nuestro ánimo y de los que debemos reponernos.
El frío, el calor, el viento, la lluvia, codazos de la naturaleza que nos mantienen expectantes y despiertos ante la aventura de la vida.

Marzo 25, 2008 a las 10:23 pm |
Chapó Jose, me gusta mucho, Tienes toda la razón en lo afortunados que somos. Tan solo deseo que seamos capaces de valorar lo que tenemos sin tener que perderlo; nos daría mucha ventaja para enfrentarnos a la vida día a día. OOOOOHHHH y que me dices de esa sopita, caldito, fabadita.. ummmm. En estos día apatece. El sábado me hago una fabada. Vaya por donde me has abierto el apetito. Saludos.